El sol se filtra entre las hojas de la parra que envuelve la pérgola del jardín y genera un juego de luces sobre la mesa en la que Aili Chen pinta una de sus acuarelas. Mientras da pinceladas lentas y precisas, sin levantar la vista de su trabajo, nos enseña cómo los colores van impregnando el papel para convertirse en formas. Con esa misma paciencia y dedicación, Aili responde cada pregunta de la entrevista con voz suave y pausada, sus pies descalzos sobre la tierra, entre varias tazas de té, una oruga enorme que nos muestra asombrada sobre la hoja de una planta y el trino de los pájaros que nos sobrevuelan en su jardín.

El vínculo de Aili con la naturaleza no es casual, ya que nació y vivió toda su infancia en Taipéi (Taiwán) rodeada de playas, bosques y montañas, todo en el mismo lugar. A los doce años se mudó junto a su familia a Argentina, un país muy opuesto al suyo y del cual no conocía nada, excepto la historieta Mafalda que leía de niña en chino. “Cuando llegué a Buenos Aires no hablaba español y no sabía nada sobre el lugar, pero lo pude identificar a través de los recuerdos de los dibujos de Mafalda”, rememora.

Una de las primeras cosas que hizo fue cambiar por decisión propia su nombre de origen chino, ya que la gente no lo entendía y no podía pronunciarlo. Ella misma lo inventó y así surgió Aili: “No quería usar un nombre que ya existiera. Pensé diferentes sílabas y me gustó el sonido y su significado en chino: Ai significa amor y Li significa fuerza o belleza”.


Las artes plásticas llegaron cuando tuvo que decidir qué carrera seguir al finalizar el secundario: “La mamá de una amiga era artista plástica y me sugirió que estudiara Bellas Artes, porque notó que yo tenía facilidad con el dibujo. Empecé en el taller del pintor Carlos Gorriarena y de un pintor chino con el que hice una muy buena formación de técnicas de pintura con distintos materiales. Más tarde, rendí el ingreso a la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y a partir de ese momento se me abrió la puerta a este universo, pero también encontré un mundo nuevo dentro de mí”, relata.


Cuando terminó la carrera de pintura, Aili nunca pensó si podría trabajar como artista o no, y esperaba que surgiera de forma natural. Comenzó a hacer cosas con un grupo de amigos artistas y al mismo tiempo buscó un trabajo con el cual pudiera financiar sus obras. Así llegó el cine a su vida en el año 96 y se enamoró perdidamente. “El trabajo del set y la dirección de arte me parecieron súper atractivos y me brindaron muchas herramientas a lo largo de los años. Trabajar con el espacio y con el lenguaje del relato, que a su vez es un lenguaje que permite muchas formas de experimentación, me dieron un lugar de reflexión”.

Su corazón se balanceó entre ambos amores, poco a poco fue conociendo gente en el mundo del arte y ganó una beca para estudiar dos años con Jorge Macchi. “Si bien no fue una época productiva a nivel obra, aprendí cómo formularnos las preguntas para llegar a entender qué es lo que queremos hacer. Cuando Macchi conoció mis trabajos, me dijo: “Vos sos una poeta visual”. En ese momento me pareció algo sin valor, pero después de muchos años entendí a qué se refería”, reflexiona.

El destino, la suerte y el trabajo hicieron que en el 2007 Aili conociera a Eleonora, que coordinaba la muestra en la que ella exponía en un estudio abierto en el ex Palacio de Correo. Quedaron en contacto hasta que Eleonora la convocó para ser parte de Sapo, su primera galería de dibujo. “Desde ese momento sigo conformando su staff. Ella tiene una sensibilidad enorme con mis obras y conectamos de una manera muy linda”, afirma con una sonrisa.

A pesar de contar con grandes películas realizadas (como El nido vacío y La luz incidente, entre muchas más), con múltiples exhibiciones de arte y muchos premios en su haber; el recorrido de Aili sigue siendo austero y siempre abocándose a enriquecer y explorar su interior para continuar dando a luz nada más y nada menos que puro arte.

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¿Hoy te reconoces “poeta visual” como te describió Jorge Macchi?

Sí, creo que hay algo de eso, porque también valoro mucho la poesía. Cuando era chica memorizaba poemas chinos antiguos y percibía los estados que me transmitían. En la literatura china, estos poemas son la forma más sintética que existe de descripción: no pueden superar los veinte caracteres, tienen que relatar algo, tienen que contener un paisaje y una rima, y los ideogramas que se usan tienen que ser lo más estéticos posibles. Algo de esa experiencia quedó muy profundo dentro de mí y hasta el día de hoy sigue encaminando mi búsqueda cuando trabajo: busco síntesis, belleza formal y transmitir un estado emocional.

 

 

¿Esos poemas también podrían haber tenido una influencia en el formato pequeño que caracteriza a tus obras?

El formato pequeño tiene que ver con mi vida más itinerante. Nunca tuve espacios grandes, un espacio estable durante mucho tiempo o un espacio de trabajo propio; por eso el formato pequeño acompañaba la necesidad de moverme más rápido. A su vez, tampoco sentía el espacio de taller como algo imprescindible; porque mi vida, mis estados y mis emociones son mi lugar de laboratorio y mi combustible. Mi arte tiene que ver con mi vida y con el feedback de las cosas que me van pasando.

 

 

Puede afirmarse entonces que tu obra es personal y muy íntima.

Cada uno de mis dibujos incluye recuerdos de momentos de mi vida. Aunque no son la anécdota en sí, sino que cuentan una nueva imagen, pude hacerlos gracias a ciertas cosas que me pasaron. Después de algunas experiencias, es como si se acumularan cosas dentro de mi cuerpo que van ocupando un lugar y cuando siento que ya no puedo tenerlas más, las vuelco en un dibujo. Por eso, creo que mis dibujos son autobiográficos (aunque no me ponga en primera persona) y cuando alguien los compra siento que se va algo que está muy ligado a mí.

 

 

¿Y por qué elegiste la acuarela para expresarlo?

Si bien soy muy lenta procesando un sentimiento hasta que se traduce en una imagen posible para mí, la acuarela tiene una inmediatez que me interesa mucho. Al momento de dibujar todo sucede en dos o tres horas, porque estoy condicionada por la relación entre el agua, el color y el papel. Al mismo tiempo, en la acuarela hay algo de lo efímero y de la imposibilidad de corrección que también me atrae.

 

 

“La mirada es lo primero que te permite crear o trabajar. Considero más importante el observar que el hacer”.

¿Eso te hace trabajar de una manera más premeditada o te permitís el error?

Al papel nunca llego en blanco, sino cuando sé que hay algo que quiero exteriorizar o decir. Antes de empezar, hago un dibujo mental y después son dos o tres horas que necesito estar muy concentrada y en general el trabajo queda listo. Pero muchas veces, hago otra acuarela muy parecida con modificaciones o correcciones en base a la primera, y finalmente elijo una de las dos.

 

 

Además de ser artista plástica, te destacás en el cine en la dirección de arte, ¿Encontrás cosas en común entre esos dos mundos a la hora de crear?

Por sobre todo, a mí me interesa la percepción de la belleza y creo que la mirada es lo primero que te permite crear o trabajar, es decir dónde ponés tu mirada o tu atención. Considero más importante el observar que el hacer. En el caso de las acuarelas, me di cuenta que mi observación estaba en el detalle cuando comenzaron a llamar mi atención las manchas de agua y la manera en que la tinta va haciendo un degradé. En el caso del cine, hay una frase de cabecera que dice: “En los detalles está Dios”. En el set te das cuenta que si estás en los detalles, estás haciendo un trabajo muy bueno. Sin embargo, no quiero que sea una obsesión o algo forzado, sino un acto consciente y de búsqueda de cierta armonía en ese detalle.

 

 

¿Siempre fuiste tan perceptiva?

Creo que sí, porque recuerdo que cuando era chica y leía Mafalda, miraba mucho cómo era su casa, qué ropa tenían puesta, cómo era el almacén o las calles. Además, cuando llegué a Argentina me volví más perceptiva, porque no hablaba el idioma y me habitué a registrar sensaciones. La observación se trata de ver y registrar todo lo que hay en cada lugar al que voy. Siempre me preguntan cómo me referencio y mucho viene de la vida real: por ejemplo, observar a una persona que trabaja en un banco, cómo es su entorno, cómo se viste, qué cosas usa, etc.

 

 

¿Qué papel juega para vos el espectador de tus obras?

Me proyecto en un posible espectador con la ilusión de que le pase con mis obras lo mismo que me pasa a mí cuando estoy en presencia de obras que me inspiran y que me generan sensaciones muy buenas de aprendizaje y/o de descubrimiento. Cuando una obra me atrae mucho es porque me hace eco y me conecta con algo personal que a su vez me abre una puerta interior nueva hacia un espacio por explorar. Hay algo de todo ese mecanismo que siempre lo registro, ya que genera más riqueza en la búsqueda propia.

 

 

¿Y quiénes fueron esos referentes para vos?

En cine me resultan motivadores directores como Tarkovsky y Terrence Malik, porque son muy sensoriales y más allá de la historia generan todo un mundo de sensaciones que ofrecen a través de la imagen. En pintura siempre me alucinó la obra de Turner, sobre todo las acuarelas de sus últimos años de vida en las que llegó a la síntesis absoluta. Empezó siendo muy académico y después se abrió a vivenciar sus viajes para plasmarlos en sus obras e incluir sus sensaciones.

 

 

Para terminar, ¿por qué crear?

Pienso que surge de la necesidad de dejar un registro acerca de lo que sentís, lo que te pasó y tu forma de ver el mundo. En mi caso, es un constante movimiento en el que espero tener siempre la posibilidad de seguir encontrándome y seguir abriendo puertas dentro de mí.