Julio Hilger | Popoqui, nube, pompón, voteya, cepilio, sorbete, boliyita, pelusa, tapita, ojotas, carita, michifuchi
Julio Hilger
Curadora: Clara Ríos Desde mediados del siglo XX, distintos artistas han explorado la ética y la estética del caos como forma de resistencia frente a la ilusión de armonía y control. En la pintura de Hilger, esa búsqueda se traduce...
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agosto 2025 — octubre 2025
Planta Bajala
Curadora: Clara Ríos
Desde mediados del siglo XX, distintos artistas han explorado la ética y la estética del caos como forma de resistencia frente a la ilusión de armonía y control. En la pintura de Hilger, esa búsqueda se traduce en un principio activo: una materia que se despliega siguiendo su propia lógica interna. No rehúye la inestabilidad, sino que la abraza, revelando la multiplicidad de cuerpos y sentidos que coexisten sin necesidad de armonizarse.
Se trata de una pintura que asume una posición crítica frente a la herencia cultural que, directa o indirectamente, procesamos, integramos y reconocemos como propia. Su trabajo de esta forma se vuelve inevitablemente disruptiva e híbrida, lejos de toda armonía posible. Las pinturas que Hilger presenta en “Popoqui, nube, pompón, voteya…” encarnan esta resistencia: piezas que, mediante el juego, la ironía y el lenguaje coloquial, desafían los cánones establecidos y ponen en relieve genealogías diversas, revelando así la complejidad de una identidad en tensión.
El lenguaje mixto y el cuestionamiento de la norma son ejes centrales en las últimas series que el artista desarrolla, tanto en los dibujos como en sus esculturas. En su iconografía conviven perritos tiernos con tatuajes de Patricio Rey, koalas borrachos que parecen rescatados de un incendio provocado por un osito negligente, arlequines y fisicoculturistas. En sus pinturas, este universo camp cobra, literal y figurativamente, otro color: los tonos tierra, vinculados al pigmento puro, se manifiestan en el ladrillo de los jarrones y en los arlequines cada vez más alejados de referencias como Picasso o Pettoruti. Entre la multitud de personajes, donde también abundan los rosas y azules en una estética entre cute y kitsch, se destacan elementos como el sintetizador usado en la cumbia —ya presente en dibujos anteriores con retratos de Pablito Lezcano—, los bongos y los carpinchos que avanzan sobre los (ya clásicos) gatitos persas que habitan la tela.
Entre personajes con rostros de máscara africana y guitarras criollas, el artista trabaja la idea de que las identidades culturales —o al menos aquellas que lo identifican a él— son fragmentarias, plurales, nómades y, sobre todo, sincréticas. Su pintura se vuelve así un campo de disputa simbólica: una verborragia de ternura interrumpida por situaciones semi-eróticas o caricaturas borrachas, generan una sensación de contagio entre escenas abiertas y poco claras. Su obra es sincrética en tanto articula lo heredado y lo contemporáneo, lo gráfico y lo escultórico.
Esta coexistencia, operando desde el conflicto, dibuja un campo expandido para la construcción del lenguaje. Los personajes de Hilger encarnan ese debate que, en tiempos de migración, desplazamiento y crisis ambiental, propone una crisis del sujeto. Un exceso visual hecho mapa roto, compuesto en tensión constante entre disonancia, sobrecarga y simultaneidad.
Clara Ríos, agosto 2025