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En memoria a Sebastián Miranda

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Horror Vacui

El día que Eloisa me convocó para escribir el texto de su nueva exposición, me enteré de que un familiar muy cercano teníaun tumor en el cerebro. Con un mecanismo de defensa muy cliché, supe taparme de trabajo y quehaceres...

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julio 2018 — agosto 2020

El día que Eloisa me convocó para escribir el texto de su nueva exposición, me enteré de que un familiar muy cercano tenía
un tumor en el cerebro. Con un mecanismo de defensa muy cliché, supe taparme de trabajo y quehaceres cotidianos con
tal de no hacer foco en eso que me perturbaba. Dediqué horas a actividades sin sentido, o más bien, absoluto sentido en
un contexto de hiperposteo y verborragia de stories. Y aunque no dejé de ir a exposiciones y de visitar museos, me acostumbré a detenerme en lo bello y divertido. Entonces apareció Eloisa, como un animal inevitable en la ruta, como aquella mujer
que siempre me asusta cuando se abren las puertas del ascensor de mi edificio y voy distraída. Por esas casualidades de
la vida, comencé mi 2018 en su casa, pero con ella hablé por primera vez siete meses después. Recuerdo entrar a su propiedad y sentir que la disposición del lugar estaba planeada para respirar. Había un equilibrio armonioso entre el protagonismo
de los objetos y las personas que circulaban. Como todos los años, dediqué horas a decorar la mesa de fin de año. En
búsqueda de adornos, recorrí los espacios con mucha atención. Estudié el lugar de los muebles, esa enorme Asplenium
Nidus puesta en el centro del living. Sus piedras, libros y espejos. El magnífico sillón aterciopelado ubicado debajo de la
pérgola de luz. Aquel ventanal de mil hojas que anticipaba un jardín de higos. La pileta y sus colores. Y la extensión de la
casa con un terreno contiguo cuyos árboles, troncos y hamacas escondían el gran tesoro del lugar: el taller de la artista.
El espacio de trabajo de Eloisa tenía un aura muy excepcional. Su formato tipo caja de cristal hacía que todo lo que pasaba
alrededor percutiera directamente en sus obras: las nubes, los plenilunios, el canto de los pájaros. Recuerdo ver la luna a
través de las paredes de vidrio y luego sus acrílicos iluminados por los fuegos artificiales de las doce de la noche. Haber
conocido ese espacio sin que Eloisa me explicara su trabajo, generó en mí una percepción genuina: su obra habría aparecido en mi recorrido de la misma manera que lo hiciera la artista meses después al convocarme para escribir este texto. Otra
vez, yo deambulaba hasta enfrentarme a la gran aparición. El 31 a la noche, mientras llevaba adelante mi expedición, un
gran lienzo del rostro de una mujer hermosa llamó mi atención. La protagonista cargaba con una belleza posmoderna casi
salida de una pasarela de Chanel: cejas tupidas, labios prominentes. La imaginé llevando una vida saludable, conectada con
reparar daños del medio ambiente. Sin embargo, algo pasaba. Sus ojos preocupados desviaban mi mirada hacia otro lado
del cuadro. Ya no disfrutaba de la belleza de la protagonista. Ahora me preocupaban sus labios entreabiertos. ¿Qué mira?
Descubrí que le faltaba la nariz. Me puse ansiosa. ¿Qué hace? Había estado mirando la obra hacía media hora pero mi
atención ya no estaba en lo pintado sino en lo que lo rodeaba. Entonces, como a quien le cae una verdad revelada, entendí
que lo que me tenía palpitando no era la presencia de lo que estaba sino la ausencia de lo que faltaba.
Las obras presentadas por Eloisa en la exposición Horror Vacui exhiben escenarios reconocibles en el wanna-be publicitario: piscinas con modelos lujuriosas, elegantes vestuarios con pelos eternos, autos de colección en alguna locación de L.A.
y una familiar escena de un padre y un hijo bajo el calor de primavera. Podrían ser fotos encontradas en álbumes, recuerdos
de viajes o memorias felices de momentos vividos. Sin embargo, el foco se dirige hacia espacios en blanco sin llenar,
implantados con suspicacia por la artista. No es incompletitud sino un vacío especulado. La intención del blanco está ahí
y las imágenes conviven con esos vacíos. Pero ahora, el sentido de la obra es otro y aquello que no está obliga a reinterpretar su contenido. Los personajes son los mismos de siempre pero esta vez se muestran más humanos: tienen ausencias y
al igual que por fuera del arte, eso perturba. Pero ¿qué significa ser perturbado?
Pienso que el ser perturbado tiene que ver con la alteración del orden de lo cotidiano y entonces me imagino su repercusión
en tres estadios: uno emocional, uno analítico y uno espiritual. El impacto emocional aparece cuando se percibe una ausencia: eso que antes existía ahora ya no está y no me pertenece más. Es una etapa desgarradora pero que al fin y al cabo me
define como humana*. Entonces ahí, cuando ya identifiqué el vacío, puedo pasar a una etapa analítica. Ahora acepto la
ausencia pero esta vez comprendiendo que mi identidad se construye a partir de eso que no está: soy lo que soy sin eso y
esa ausencia me acompañará por siempre. Finalmente, el último estadio tiene que ver con el devenir de ese vacío, con qué
haré con él: ya distinguí la ausencia y me afirmé a partir y con ella, pero ahora con sabiduría y autoconocimiento la transformo en aprendizaje. Ya no lucho contra el vacío porque lo veo como parte esencial de un todo orgánico.
Entonces, ser perturbado, ¿es positivo? Pienso en los artistas y en la capacidad que tienen de perturbar a través de sus
obras. Sin embargo, para perturbar tienen que atravesar sus miedos cada vez que se encuentran con una hoja, lienzo o
madera vacía. Y aún así, es posible que se enfrenten con el miedo y no logren consecuencias en quienes apreciamos sus
obras. Es innumerable la cantidad de veces que una obra me dejó pensando por semanas, pero sin dudar son muchas más
las que me fueron insignificantes. Entonces los artistas tienen un doble desafío. Con esta exposición Eloisa no sólo ha
logrado vencer su miedo al vacío, sino también me ha invitado a detener mi máquina de andar y me ha llamado a una
reflexión muy profunda. La aparición de Eloisa, como la de aquel tumor, manifestó mi propio miedo al vacío. Pero ahora
entiendo que no hay manera de escaparle. Tal vez ya sea hora de dejar de quererlo todo, para entender, como lo hizo Eloisa,
que todo reside en la nada.
HORROR VACUI
AILIN STAICOS

Artistas expuestos en esta exhibición

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