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En memoria a Sebastián Miranda

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Andrés Arzuaga Studio Visit

En pleno corazón del barrio de San Telmo, Andrés armó su taller en la planta baja de una casona de los años 30 que restauró junto a su familia, devolviéndole su arquitectura e impronta original. 
Las distintas habitaciones que rodean el patio central de pisos calcáreos, las convirtió en pequeñas salas donde despliega sus materiales, algunas de sus obras y una gran mesa de trabajo en la que lee y dibuja.
Después de compartir un día de creación en su taller, podemos afirmar que si hay algo que caracteriza a Andrés es la austeridad, el orden, la prolijidad y estar atento a cada detalle del proceso de su obra.
¡pasen y vean!

Espesor Mínimo

¿Se puede dibujar un papel sobre papel? ¿Cuál es el original y cuál es la copia?
¿Cuántas veces se puede doblar un papel sobre sí mismo?
¿Qué sucede con el espacio que queda entre el dibujo y aquello que es dibujado? ¿El papel es un material frágil?

Los invitamos a recorrer nuestro primer Online Opening: Espesor Mínimo del artista Gaspar Acebo

Espesor mínimo

Gaspar Acebo en Miranda Bosch Gallery, Buenos Aires , Argentina

por Camilo Guinot

1

Domesticar el azar y la incertidumbre del mundo ha sido una tarea constante a lo largo de la aventura humana. Se crearon mapas para abordar el espacio como así también relojes y calendarios para tratar con el tiempo. Si bien la técnica de los artefactos cambia, hay cierta inmanencia del orden de lo vital que el tiempo no altera. 

2

La materia y la vida se auto perpetúan por reproducción y copia constante.

3

El grafito (derivado del griego gráphein,”escribir, grabar, dibujar, describir”) es un mineral negro, lustroso, blando y opaco formado por carbono cristalizado. El grafito está compuesto de la misma molécula que se apila espacialmente de varias maneras distintas creando estructuras diferentes. Otra configuración del carbono en escala geológica es el diamante.

4

La memoria vegetal está intacta en cada fibra de la pasta de celulosa, lo cual hace que el papel sea receptivo al entorno, maleable y copie cualquier superficie. Desde hace siglos ha sido un soporte indispensable para registrar físicamente aspectos de índole intangible como pensamientos e imágenes. Si una hoja de papel se pliega o abolla deja de ser plana.

5

Al igual que en occidente, en la antigua China, el aprendizaje de la práctica artística se ha desarrollado copiando. Actualmente, allí usan dos conceptos para designar la copia. El término fangzhipin se refiere a las recreaciones en las que es evidente la diferencia respecto de un original. El segundo concepto se denomina fuzhipin, que en este caso se trata de una reproducción exacta del original, que para los chinos tiene el mismo valor que el original. 

La idea de lo original aparece en el mundo occidental en el siglo XVII asociado con la verdad. 

La verdad es una técnica cultural y una convención más o menos consensuada.

6

La copia como declaración de amor y ósmosis del conocimiento: en el ámbito de la escritura es conocida la idea que postula que al copiar la letra manuscrita de un/a escritor/a admirado/a se accede a sus atributos. Ciertas prácticas caníbales coinciden en la creencia de la transitividad de las cualidades. ¿Se ama lo que se admira? El amor es irracional, no puede explicarse al igual que el arte y que algunas decisiones asumidas para generar experiencias sensibles.

7

Una copia también es una traducción. Desde algo que existe en un sitio en condiciones e historial específicos, a otra materialidad ubicada en otro contexto. No existe la traducción literal, siempre es distinta al material precedente. 

8

Velázquez retomó una tradición italiana iniciada 200 años antes que consistía en firmar las pinturas con la representación de un papel inserto sin ninguna relación narrativa con el resto del cuadro. El pintor sevillano innovó dejándolos vacíos —era habitual agregar textos allí— en una especie de antifirma, una reafirmación de no especificar su nombre.

9

El vacío es la transfiguración del silencio en clave material. La ausencia es posibilidad.

10

Gaspar Acebo reflexiona —y acciona— sobre la posibilidad de representar algo sobre sí mismo. Una y otra vez. Es la nota pedal que reverbera en las piezas que componen esta exhibición. Ensayos que adquieren diversas materialidades y especificidades, que tienen al dibujo y sus derivas como núcleo de irradiación, piel y cuerpo de su experiencia.

Sintonizando una frecuencia paradojal, lítica y leve, apela a un saber práctico e intemporal. Indaga en el intersticio que existe entre realidad y ficción a la vez que propone inflexiones en torno al tiempo, a los materiales y a los procesos de trabajo.  

Tensiona la idea de original y nos muestra que un territorio se puede plasmar en un mapa vacío a través del rastro de lo fortuito y de las fuerzas invisibles no-humanas.

Con papel de seda, yeso o trazos de grafito “escribe” el tiempo y las distintas formas del misterio que se halla latente en las cosas, confiando el límite de cada superficie a distintas operaciones —voluntarias y no— que alteran lo tangible.

Estas piezas, administradas por el artista como tesoros, generan un ecosistema poliforme, una atmósfera de ralentización del tiempo. Están basadas en cosas que existen, que podrían estar al alcance de todos/as. Silenciosas, resguardan y revelan un secreto. Podrían provenir de la zona ártica deleuziana, donde se esfuma la referencia del sentido —un espacio de libertad absoluta— en donde todo es familiar y extraño a la vez.

Gaspar Acebo nos presenta los mapas y relojes forjados en tenaz viaje hacia los múltiples centros gravitatorios de su experiencia que transita con plenitud y consciencia de la corta distancia que por un lapso nos diferencia del humus que pisamos.

Si tuviésemos el tiempo de las rocas, donde hoy vemos trazos de grafito veríamos diamantes y de fondo, el universo en fuga perenne. 

       Camilo Guinot

           Villa Urquiza, Febrero 2020

Entrevista a Aili Chen

El sol se filtra entre las hojas de la parra que envuelve la pérgola del jardín y genera un juego de luces sobre la mesa en la que Aili Chen pinta una de sus acuarelas. Mientras da pinceladas lentas y precisas, sin levantar la vista de su trabajo, nos enseña cómo los colores van impregnando el papel para convertirse en formas. Con esa misma paciencia y dedicación, Aili responde cada pregunta de la entrevista con voz suave y pausada, sus pies descalzos sobre la tierra, entre varias tazas de té, una oruga enorme que nos muestra asombrada sobre la hoja de una planta y el trino de los pájaros que nos sobrevuelan en su jardín.

El vínculo de Aili con la naturaleza no es casual, ya que nació y vivió toda su infancia en Taipéi (Taiwán) rodeada de playas, bosques y montañas, todo en el mismo lugar. A los doce años se mudó junto a su familia a Argentina, un país muy opuesto al suyo y del cual no conocía nada, excepto la historieta Mafalda que leía de niña en chino. “Cuando llegué a Buenos Aires no hablaba español y no sabía nada sobre el lugar, pero lo pude identificar a través de los recuerdos de los dibujos de Mafalda”, rememora.

Una de las primeras cosas que hizo fue cambiar por decisión propia su nombre de origen chino, ya que la gente no lo entendía y no podía pronunciarlo. Ella misma lo inventó y así surgió Aili: “No quería usar un nombre que ya existiera. Pensé diferentes sílabas y me gustó el sonido y su significado en chino: Ai significa amor y Li significa fuerza o belleza”.


Las artes plásticas llegaron cuando tuvo que decidir qué carrera seguir al finalizar el secundario: “La mamá de una amiga era artista plástica y me sugirió que estudiara Bellas Artes, porque notó que yo tenía facilidad con el dibujo. Empecé en el taller del pintor Carlos Gorriarena y de un pintor chino con el que hice una muy buena formación de técnicas de pintura con distintos materiales. Más tarde, rendí el ingreso a la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón y a partir de ese momento se me abrió la puerta a este universo, pero también encontré un mundo nuevo dentro de mí”, relata.


Cuando terminó la carrera de pintura, Aili nunca pensó si podría trabajar como artista o no, y esperaba que surgiera de forma natural. Comenzó a hacer cosas con un grupo de amigos artistas y al mismo tiempo buscó un trabajo con el cual pudiera financiar sus obras. Así llegó el cine a su vida en el año 96 y se enamoró perdidamente. “El trabajo del set y la dirección de arte me parecieron súper atractivos y me brindaron muchas herramientas a lo largo de los años. Trabajar con el espacio y con el lenguaje del relato, que a su vez es un lenguaje que permite muchas formas de experimentación, me dieron un lugar de reflexión”.

Su corazón se balanceó entre ambos amores, poco a poco fue conociendo gente en el mundo del arte y ganó una beca para estudiar dos años con Jorge Macchi. “Si bien no fue una época productiva a nivel obra, aprendí cómo formularnos las preguntas para llegar a entender qué es lo que queremos hacer. Cuando Macchi conoció mis trabajos, me dijo: “Vos sos una poeta visual”. En ese momento me pareció algo sin valor, pero después de muchos años entendí a qué se refería”, reflexiona.

El destino, la suerte y el trabajo hicieron que en el 2007 Aili conociera a Eleonora, que coordinaba la muestra en la que ella exponía en un estudio abierto en el ex Palacio de Correo. Quedaron en contacto hasta que Eleonora la convocó para ser parte de Sapo, su primera galería de dibujo. “Desde ese momento sigo conformando su staff. Ella tiene una sensibilidad enorme con mis obras y conectamos de una manera muy linda”, afirma con una sonrisa.

A pesar de contar con grandes películas realizadas (como El nido vacío y La luz incidente, entre muchas más), con múltiples exhibiciones de arte y muchos premios en su haber; el recorrido de Aili sigue siendo austero y siempre abocándose a enriquecer y explorar su interior para continuar dando a luz nada más y nada menos que puro arte.